Colaboración: Rosa, Rosae

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Kirk Douglas, como Ulises
Por Sergio Berrocal    

Rose, le llamaban en realidad Rosa-Rosae, había sido profesora de Latín y cuando esta lengua desapareció de los planes de estudio oficiales, o por lo menos ella consideró que se le ignoraba en favor de cosas como el inglés, dejó la enseñanza en un liceo de Brujas, la zona profunda de Bruselas, donde la había ejercido alternando la que consideraba la lengua más bella con el flamenco, ese decir separatista de una Bélgica de ruda cohesión.

Rosa tenía apenas 34 años cuando descubrió el sur de España y la peninsulilla donde haría su vida desde el momento en que se percató de que había sol y cerveza deliciosa por muy pocas perras.

Alta como una estrella de pasarela, con piernas que desafiaban todos los parámetros, enjuta, con ojos hundidos en unas cejas que se le comían media cara, era más que atractiva, porque sus pupilas brillaban siempre con risa, y su cuerpo cimbreante provocaba a los españoles que pasaban por la acera de enfrente.

Había querido afincarse en Andalucía, en lo más profundo del sur de Europa porque siempre estuvo enamorada de Ulises, el de La Odisea y tenía la teoría de que el navegante, conquistador y rompecorazones isleño había hecho escalas en algunas de las localidades costeras que ella empezó a recorrer buscando pistas que nunca hallaba.

Su referencia, poco histórica, pero que a ella le bastaba era una película de 1954 con Kirk Douglas, Silvana Mangano, Anthony Quinn y Rossana Podesta. ¡Menudo elenco, como para que no fuera verdad! Y de pueblo en pueblo aterrizó una mañana de mucho calor en la acera donde tenía su cuartel general el Café Esperanza, un refugio barato y acogedores, teniendo siempre la sombra por bandera y el alcohol como principio de vida para no morir imbécil.

Apasionada se le decía y quienes habían practicado su intimidad sabían que cuando empezaba a hablar en latín, aunque sus interlocutores no supieran la primera de las conjugaciones, era señal de que estaba a punto de amar como una Juana la Loca o como una Teresa de Jesús.

Cuando llego a Varadero City, Andalucía, España, no quiso ni oír hablar de enseñar. Y un día tomando una cerveza suntuosa en la terraza del Esperanza le surgió la vocación de servir copas.

Conoció en aquella terraza de acera formada por la arena de la playa y algo de cemento a María de la O, que se le antojó como una de esas exquisitas ostras enormes e infinitamente sabrosas, gustosas hasta el último trago, que se servían en un bar triste y panzudo del puerto de Amberes. Se enamoró de ella y se lo dijo. María se rio hasta que se besaron en un rincón de la cocina que colindaba con el lavabo de señoras.

Nadie en la terraza de los delirios contenidos por el coñac Osborne y la cerveza con etiqueta belga o holandesa se había percatado del cambio de las dos mujeres. Eso sí, estaban más amables que nunca, hasta más cariñosas, se les iba la mano a la hora de servir las copas y hablaban cuando siempre estuvieron calladas.

Hacían vida de pareja en un pisito que una de ellas ya alquilaba a pocos metros del bar. Fue un idilio ideal, que le comentaban con envidia los machos llegados del frío.

Las dos mujeres llevaban en realidad una vida muy secreta. Fuera del bar, donde procuraban que nadie pudiera decir nada, ya se sabe que la envidia es peor que la hernia de hiato, tenían la casa donde pasaban la mayor parte del día. La gitana y la flamenca eran muchachas hogareñas o al menos así lo parecían.

Coincidió que las dos muchachas habían llegado allí llevando en sus cabezas la misma obsesión por el navegante griego, quien les parecía la perfección como héroe y como amante.

Pero la flamenca mandaba en todo, en la pareja y en la vida. Una tarde de asueto, cuando el bar había quedado lejos en las dunas de la playa, Rose empezó diciéndole a su dulce amiga que había enfundado un biquini rojo fucsia de auténtico infarto. “Una oleada de alegría aún más dulce brotó de su corazón y recorrió sus arterias en cálido torrente. Momentos de su vida juntos, de los que nadie sabía ni sabría nunca, surgieron como el dulce fuego de las estrellas e iluminaron su memoria. Le apeteció rememorarlos con ella, hacerle olvidar los años de su insípida existencia juntos y recordar sólo aquellos momentos de éxtasis… Sentía que los años no habían colmado su alma ni la de ella".

La gitana quedó impresionada y callada, como siempre que ella, la otra flamenca, como la llamaba con infinito cariño sacaba su voz de profesora.

Después de que hicieran el amor entre dos dunas mayores, se dieron un chapuzón y desnudas como el primer día de la humanidad se sentaron en la orilla.

A la gitana le gustaba que le contara las infinitas historias que ella sabía. Y esta vez tampoco se hizo de rogar: “De vez en cuando me pregunto qué sería de aquel tipo que por el amor de una mujer de melena azabache y ojos afganos cabalgó durante días por las montañas de un país indómito.

Con el tiempo, al que ignorantes célebres atribuyen poderes curativos cuando lo único que hace es adormecer sentimientos y dolores demasiados fuertes para ser vividos, mucho he pensado en esa pareja maldita. Porque el tiempo, aclaremos conceptos, síl vous plait, borra espinillas del alma con la soltura de esas gomas de delicioso aroma que yo mordisqueaba en la escuela primaria (y también en la secundaria) cuando no me veían los

monjas. Todavía tengo una encima de mi mesa a la que de vez en cuando, cuando puede más la nostalgia antropofágica, le doy un mordisco. Es la adormidera del corazón de los recuerdos.

Aquel muchacho tan formalito que había consagrado su tiempo a informarnos desde un lejano país con la seriedad de un monje fabricando licor de menta con hierbas venenosas, de pronto dejó de enviarnos la información suya de cada día. Entonces, años sesenta del periodismo como Dios manda (Jesús hubiese sido un maravilloso reportero) las noticias se daban cuando se producían. Quiero decir, para aclarar, que ustedes a veces se me lían y leen lo que no es, que no se inventaban las cosas y ni siquiera se sacaban de cauce.

Pierre, llamémosle así aunque en realidad tenían un nombre de feminidad espantosa, como su cuerpo, coronado con una cabeza hecha para la trisexualidad, llevaba años siendo periodista en uno de esos países donde había que beber alcohol a escondidas. Algo así como lo que hacían muchos musulmanes de Tánger, entonces territorio internacional del mundo, hoy ciudad de Marruecos sumida en la derrota de la vida. Yo vivía a la entrada del barrio árabe (Emsallah, 29, por si lo quieren comprobar haciendo excavaciones en las que hasta se les puede aparecer el fantasma del espíritu que perdí por allí) y debajo de mi casa instalaron una especie de bodega donde sólo se vendían refrescos, porque allí se comía musulmán.

Aunque uno era todavía un incipiente e inocente reportero del semanario Cosmópolis abocado a los sucesos, al cine y a las entrevistas farragosas de personalidades de paso por aquellas playas de nunca olvidar, me empezó a extrañar el número creciente de marroquíes que a la hora del aperitivo se reunían de pie en el mostrador para zamparse sus botellines de Coca-Cola que lucían como un salvoconducto de moralidad al lado de sus vasos verdes y panzudos. La niñera de una amiga de mi madre, con la que yo hubiese llegado a males mayores huyendo con ella a las montañas del Atlas si no se hubiese empeñado en repetirme que el amor sin previa consagración religiosa era como una hamburguesa sin queso, me reveló el misterio de aquella bebida disimulada. El truco era maravillosamente sencillo. El bodeguero vaciaba previamente tres cuartas partes de la coca y rellenaba la botella resultante con vino tinto del bueno o del malo. Y así podían sonreír de felicidad aquellos musulmanes rigurosos. Muchos, muchísimos años después, y casi sin acordarme, empleé yo el mismo truco en la redacción de la Agencia France Presse en París para que la sed de algunos de mis redactores no escandalizara a los pudibundos abstemios.

Total, que Pierre acudió a una recepción de esas que se multiplican en capitales donde el aburrimiento es mil veces mayor que el PIB y constituye un seguro riesgo de infarto o violación o de aquello que en tiempos de Sigmund Freud se llamaba melancolía. O los dos al mismo tiempo. Un embajador de un país que no viene al cuento de hadas, anfitrión de la velada de las mil y una medianoche, le presentó a toda su familia. Pero él no tuvo ojos más que para una muchachita de diecinueve años, hija del diplomático, recién egresada del Couvent des Oiseaux, elitista y pija institución suiza donde le enseñaron todo lo que una señorita de buena familia debía de saber. Y, por supuesto, lo que no debería de saber never jamás. Fue un flechazo mutuo que embrujó a los cuarenta músicos de una orquesta tipo Glenn Miller y que toda la noche estuvieron machacando hasta la extremaunción el Moonlight Serenade.

Lo peor del negocio es que la chiquilla estaba prometida al el líder de una de las castas superiores que dirigían el país. Sin cruzar más palabras que la de una exquisitez cortesía (politesse, dicen los franceses y suena mucho mejor), al día siguiente al amanecer Pierre y la ninfa huían en un caballo que él había alquilado. Y no me vengan con monsergas mecánicas de cómo no se fugaron en un auto todo terreno. Pues, miren ustedes, sencillamente porque allí todos eran caminos de cabras. Lo malo de lo peor es que el prometido comentado era, además, el jefe de la policía de aquel estado sumido en la Edad Media.

Un día, al cabo de muchos otros días tan largos como el primero, volvimos a recibir las crónicas de Pierre. Eran más alegres. Estaban llenas de esperanza. Luego ya no supimos más de él. Si no se han creído esta bonita historia piensen que imaginación de periodista fetal no da para invenciones.

Los periodistas sólo vemos y contamos. Y si no se lo creen pese a esta aclaración, que Dios les tenga en su santa gloria o que Satanás les reserve un camarote de tercera clase en un arrabal de su infierno.

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